NO SE OLVIDA. EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL DE 1968 EN OAXACA.

Claudio Sánchez Islas.

Todos los presentes somos árboles sembradas en el siglo XX. Algunos han extendido sus raíces o sus sombras, o han arrojado sus semillas y frutos más allá de esos límites, llegando al siglo siguiente, el XXI en el que estamos. Pero los que nazcan allí, serán necesariamente otras plantas y su fronda será parecida a la nuestra, pero no la misma. Nosotros, los que nacimos atados al siglo en que nos formamos de pe a pa, hemos recibido por única herencia intelectual y sentimental preguntarnos por el siglo XX, lo que equivale a buscar en el yo personal, el origen de la savia que nos alimentó.

El símbolo del 68 representa el tipo de cáliz amargo que el poeta Vallejo pedía apartaran de su obligación espiritual de beberlo. Para nosotros, pues, los nacidos en aquel siglo, resultará en vano esquivarlo. En cambio, quienes han nacido en el siglo que corre, o poco antes, tendrán sus propias sangres que beberán, pero no aquella que conmovió al mundo, antes y después de aquel año. Cada época crea sus símbolos y estos suelen ser transitorios.

Es distinto tener conciencia de la historia que haber sido protagonista de ella. Quienes han escrito en estas páginas corresponden a esta última calidad. Es cierto que todos somos seres en la historia, pero no ocurre que de esa conciencia brote el juicio sobre la irrepetibilidad de la experiencia, buscando comprender si tuvo o no el sentido ideológico que le vimos, si modificó o no el rumbo de la historia para los demás, como deseábamos; en una palabra, si valió la pena.

El libro se compone de dos partes: crónicas y análisis de hechos y consecuencias del 68 en Oaxaca en ámbitos clave como la UABJO, el patrimonio cultural, la educación, la partidocracia y el indigenismo. Al haber sido sus autores protagonistas y testigos de aquellos días y noches, sus testimonios, opiniones y reflexiones aquí reunidas resultarán pertinentes para enriquecer la parcela del siglo XXI.

Llegados ya al “septiembre de su edad”, los autores, como los vigorosos árboles que fueron, mudan su follaje, no mueren en ello, sino que dan paso al siguiente ciclo vital. Por ello me resultan exquisitas las crónicas que escribieron de sus “momentos” Víctor Raúl  Martínez Vásquez, Samael Hernández, Jorge Machorro y Manuel Esparza. Conforme se avanza en la lectura puede uno sentir la energía que les impulsaba entonces, escuchar la música que les animaba y hasta verles parados, altaneros y heroicos  con sus pantalones acampanados y sus cuellos mao. No estaban haciendo historia, eran en sí mismos historia, piedras rodantes en el torrente impetuoso de la vida en que el 68 fue el clímax. Muchos árboles fueron arrancados, otros quedaron mutilados, pero ellos siguieron de pie allí, en el siglo XX, el espacio vital que se extiende no solo en los 360 grados de la circunferencia, sino hacia arriba y hacia abajo. Con este ímpetu de crecer tanto la fronda como al raíz, Isidoro Yescas, Jorge Hernández Díaz, Carlos Sorroza, Olga Montes, Cirenia Vásquez, Rodolfo Navarro y Manuel Matus, reflexionan a partir de hechos y documentos, personajes y fechas locales, para entender cómo es que las cosas son como están. No recurren al mito, sino a la autocrítica y al análisis académico. De alguna manera incitan a la acción para no quedar esclavizados por los yerros cometidos, por las omisiones o los diagnósticos deficientes en su momento. Todo esto son sombras que se proyectan desde el siglo pasado hasta el presente, sombras que por su oscuridad no dejan crecer como debiera la necesaria nueva vegetación en el presente. La más ominosa de ellas es la rala educación pública con que pareciera que nosotros, los hijos del siglo XX, hemos maldecido a los niños y jóvenes del XXI.

En las crónicas sus autores han hecho énfasis en particular de algunos maestros y libros, y aun compañeros de aulas de su misma edad, que les abrieron de par en par las puertas inéditas del actuar en el mundo, con intención de mejorarlo de alguna manera. Preguntémonos ahora por los cronistas del año 2068 y si alguno de ellos citará nuestro nombre o nuestros libros como epifanías deslumbrantes que hicieron se arrojaran al torrente de la vida y no que se quedaran estancados en el de la ignorancia y la miseria…

Para los jóvenes que hoy tienen 18 años, la revolución es una palabra que tiene un sentido distinto al del 68. Ellos piensan con otro criterio. Si alguna revolución les entusiasma es la de los algoritmos. Han inventado un nuevo lenguaje para escribirlos, mientras nosotros perdemos sin parar las lenguas indígenas. Si las preocupaciones de los sesentayocheros eran las masas campesinas y proletarias, la de los nativos del siglo XXI son el perfeccionamiento de robots que hagan realidad la utopía de liberar al hombre de la esclavitud del trabajo manual mal remunerado.

No obstante, toda esta generación que nos está sucediendo no nació por generación espontánea. Heredan nuestros pasivos, pero tambien la irreverencia, la rebeldía, el desparpajo de gozar al mundo. En ese sentido hay continuidad, pero su paisaje es otro, aceptémoslo.

He insistido con la idea de que hay que dejar escrito el testimonio de nuestra época. La crónica histórica o periodística son la herramienta adecuada. Aquí está la prueba. Narrar en primera persona ya no es pecado. Nunca lo fue, pero prejuicios sociales y escolares hicieron que desterráramos de nuestra formación intelectual la poesía, el cuento y la novela, que se nutren de la experiencia cotidiana y de la leyenda para recrear mundos paralelos. En mis modestas investigaciones al respecto he notado que tras los libros de José María Bradomín, la crónica como un género que narra a la vez que asienta la identidad individual con el terruñó, cayó en el más feo de los silencios o en el aun más feo de los clichés folclorizantes. Le he insitido a varios que están ahora presentes y que tienen una probada capacidad expresiva, que nos cuenten se tiempo y… nada pasaba.

No había habido valientes hasta hoy que los leo y releo en este libro y por serme tan próxima la escena y sus protagonistas, me resulta más enriquecedora, pero sobre todo, más clarificadora de mi propio pasado oaxaqueño.

Lo hicieron bien, chicos. Se los agradezco. Por lo que veo, el otoño les ha asentado de maravilla. Quizás les rechinen las rodillas, pero han puesto toda su capacidad reflexiva y además alma, vida y corazón para la comprensión de una época que dejó todo un capítulo escrito en el complejísimo siglo XX, cuando éste, en sus manos, era aun un futuro por hacerse.

Cuando Eric Hobsbawm se propuso explicarse a sí mismo su propio siglo, el XX, publicó un tomo de 600 y pico de páginas, aunque pudo condensar así en unas cuantas líneas: “Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral…” (Hobsbawm, E. (2012) Historia del siglo XX. Crítica. España. p. 16.)

La vida de un individuo no alcanza para ver el principio y el final de un ciclo mundial, como fue la atmósfera entera del 68, en la que ustedes se vieron envueltos y de la que ahora nos ofrecen estos testimonios y reflexiones sobre cómo aquel vendabal llegó hasta Oaxaca y reclamó sus juventudes. Bien hecho, chicos. Muchas gracias.

Oaxaca, Oax., 26 de septiembre de 2018.